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Pere Rovira, profesor y poeta de la Universidad de Lleida, nos hablaba entre poema y poema de la importancia de viajar a París. Leímos a los Machado y entendí que para notar un verso erizando el alma no hacían falta las metáforas enredadas en los poemas ni las grandes columnas de humo entre palabras.

A pesar de lo hermético de Vallejo y de la lejanía de sus palabras de sur, he mirado sus poemas con el rostro del poeta clavado en la frente. Como auténtico cantor y personaje de cuento y corpulenta personalidad. Hay sorpresas, poemas como “Heces” que emocionan en un sencillo “Esta tarde llueve como nunca / y no tengo ganas de vivir, corazón”. No es el romanticismo de Neruda. Es un decir levemente las cosas, pasando de puntillas por las más horrendas sensaciones que apuntan, desde el estómago, hasta un verso sorprendentemente liviano, y a pesar de ello, sumergido en un hondísimo dolor.

Impresiona descubrir los primeros detalles de la vida de Vallejo y recordar la belleza de aquél poema que empieza con un “Me moriré en París” y que termina con un profundo desasosiego, como recordatorio de la muerte y de la soledad. Contraste del París luminoso por el que mi profesor recomendaba pasear.

Tejida en sus poemas está la madre, la familia, el pan. Una mesa austera que me ha recordado los magníficos versos de Luis García Montero en “Madre”. Un poema que aparece con una maleta repleta de todos los paisajes de París, de la casa propia y de esa extraña manera de compartir los mismos lugares a través del tiempo.

 

Dentro de nada,

cuando me den permiso

las estúpidas fieras de mi tiempo,

cumpliré una palabra que nunca me pediste.

Te llevaré a París.

Porque tal vez, entonces,

en los campos Elíseos

o en las aguas del Sena,

con Notre Dame al fondo o con la Torre Eiffel,

veré de nuevo el brillo

más joven de tus ojos,

la luz adolescente

que baja del tranvía

con bolsas y comercios y saludos

y poco más de veinte años.

Hoy te recuerdo así,

como los días sin colegio,

bandera hermosa de un país difícil,

lluvia delgada de los sábados.

Nunca guardaste mucho para ti.

Ni siquiera una noche,

una ciudad o un viaje.

Tu tiempo se sentaba en nuestra mesa

y había que partirlo como el pan,

entre tus hijos y tu miedo.

Seis veces el temor

a que la enfermedad, el vicio o la desgracia

se quisieran sentar en nuestra mesa.

No vayas a salir, a dónde vas ahora,

hay que tener cuidado

con los amores y las carreteras,

deja ya la política

o la gruta del lobo.

Y sin embargo

lo que no te atrevías a pedir

duerme en el corazón de cada uno.

Porque el amor se hereda

como un abrigo sin botones,

y a mí me gustaría acompañarte

por los pasillos del museo,

más obediente y repeinado,

para encontrar en la Gioconda

el sueño y la sonrisa

de un carné de familia numerosa.

Te llevaré a París

o a la ciudad que duerme

en la taza de té de tus meriendas,

con tu cristalería

de familia burguesa

y más aspiraciones que dinero,

con tus dientes manchados de carmín,

con tus estudios de Filosofía

y Letras, je m’apelle

Elisa, j’ai cherché

la lune, la mer, la vie,

la pluie, mon coeur,

y todo se interrumpe.

Sólo somos injustos de verdad

cuando sabemos que el amor

no pasará factura.

Pero el cauce sin agua

también puede llegar a desbordarse,

como los ríos de Granada,

y a tu lado me busca

esta vieja nostalgia de ser bueno,

de no ser yo,

de conocer al hijo que mereces.

Te llevaré a París. En mi recuerdo

has aprendido algo

de lo que te olvidaste en la vida:

pedir por ti, andar por tus ciudades.

 

Luis García Montero

 

Cuando escuché por primera vez este poema, fue recitado por boca del poeta en un auditorio que no pudo contener la emoción. Años después la lectura me hace pensar en el Vallejo cargado de instinto, en el enfermo y en sus poemas cargados de madre y culpabilidad. Y me cuesta no acordarme de la pluma de Montero acordándose de la de Vallejo y de esa inquietud que al cabo de los años embriaga a los hijos, para hacerlos responsables de la libertad de su progenitora.

Al leer algunas de las últimas cartas que escribió Vallejo a sus conocidos, en la sección “Pacientes célebres” de una revista de medicina, he tenido que preguntarme si en la soledad de la cama enferma, Vallejo se habría imaginado llevando a su madre del brazo sobre los puentes del Sena, contemplando la belleza que París le ofreció a pesar de sus males. “París, el 30 de mayo de 1928. Mi querido Pablo: Le escribo en un estado de espíritu horrible. Hace un mes que estoy enfermo de una enfermedad de lo más complicada: estómago, corazón y pulmones. Estoy hecho un cadáver. No puedo ya ni pensar. Sufro también del cerebro.(…)”.

Resulta imposible no imaginarnos prendidos del brazo de nuestra propia madre, desatada de las correas del tiempo y los amores esclavos. Un Vallejo sano, con los poemas en la frente y envalentonado en el París por el que todos seguiríamos paseando. El mismo que pisó Baudelaire, Vallejo, Wilde, Verlaine o el contemporáneo Jim Morrison, en cuya última residencia tuve que dejar durante un buen rato la vista clavada. Fue entonces cuando me asaltó la magia de pensar que caminamos sobre sus mismos pasos y nos dejamos hechizar por el París que Vallejo contemplaba, arrinconado en un café y sabiendo que pese a lo horrible de sus días, tenía la enorme suerte de residir en la ciudad más hermosa del mundo. En un paseo sin más rumbo que el de encontrar el paraguas roto de Cortázar. Y sin embargo, hacer poesía. 

Foto de: Istvan

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