Categoría: literatura

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Pere Rovira, profesor y poeta de la Universidad de Lleida, nos hablaba entre poema y poema de la importancia de viajar a París. Leímos a los Machado y entendí que para notar un verso erizando el alma no hacían falta las metáforas enredadas en los poemas ni las grandes columnas de humo entre palabras.

A pesar de lo hermético de Vallejo y de la lejanía de sus palabras de sur, he mirado sus poemas con el rostro del poeta clavado en la frente. Como auténtico cantor y personaje de cuento y corpulenta personalidad. Hay sorpresas, poemas como “Heces” que emocionan en un sencillo “Esta tarde llueve como nunca / y no tengo ganas de vivir, corazón”. No es el romanticismo de Neruda. Es un decir levemente las cosas, pasando de puntillas por las más horrendas sensaciones que apuntan, desde el estómago, hasta un verso sorprendentemente liviano, y a pesar de ello, sumergido en un hondísimo dolor.

Impresiona descubrir los primeros detalles de la vida de Vallejo y recordar la belleza de aquél poema que empieza con un “Me moriré en París” y que termina con un profundo desasosiego, como recordatorio de la muerte y de la soledad. Contraste del París luminoso por el que mi profesor recomendaba pasear.

Tejida en sus poemas está la madre, la familia, el pan. Una mesa austera que me ha recordado los magníficos versos de Luis García Montero en “Madre”. Un poema que aparece con una maleta repleta de todos los paisajes de París, de la casa propia y de esa extraña manera de compartir los mismos lugares a través del tiempo.

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